sábado, 7 de mayo de 2016

Regresar

Después de varios años de abandonar los poemas digitales y las cartas inconclusas, he regresado a este árbol de papel para escribir nuevamente sobre el desahogo visual. Volver al escribir sobre ese monólogo interno de ese Ángel caído, que alguna vez pasó trotando por este mundo por accidente. Recuerdo la última vez que la vi debajo de ese árbol de papel y recuerdo detalladamente aquella vez como si hubiera sido solo meses atrás. La ví recostada, entregando sus alas a ese coma inducido, despidiéndose porque no necesitaba cuidarme más. Hoy después de varios años sin visitarla, vine a buscarla para entregarle todos los poemas e historias que no ha podido ver desde su profundo coma. Comencé contándole sobre el fin de las historias de nicotina y pasiones enlatadas. Seguí con la historias de los nuevos mundos que han aparecido desde su ausencia, aquellos mundos llenos de colores, de sabores solamente dulces y sueños tangibles. Al final, comencé contándole la historia que me llevo a buscarla, la razón que me ha traído a querer despertarla y hablar con ella. Le hablé de este nuevo mundo desconocido, entre negros y blancos y de árboles de cerezos. Un mundo donde mi corazón está separado en dos continentes distintos y donde mi mente trabaja a mil por hora. Le conté que finalmente tropecé con esa pasión rojo escarlata, de ese imán gigante del que alguna vez ella me hablo. Vine a buscarla para encontrar la solución al vacío y las historias en tinta invisible. Recuerdo las veces que me rescato de la muerte, las veces que me salvo de vagar en mundos sin límites, sin salida. Recuerdo la vez que me acompaño en ese pozo de agua salada contándome sobre la caducidad de los momentos. La olvidé todos estos años, porque el mundo no necesitaba a alguien que vuele y lo cuide a escondidas. Terminé despertándola de ese sueño solitario de cinco años y le entregué sus alas de papel esperando a que me hable y escuche las historias de esta trotamundos.

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